Un viaje fotográfico por sus paisajes, templos y ciudades
Corea del Sur es un país donde el pasado no ha sido borrado por la modernidad, sino cuidadosamente superpuesto a ella. Donde la tecnología convive con la espiritualidad, y donde el silencio sigue teniendo un lugar en medio del ruido.
Un viaje fotográfico por Corea del Sur no es un recorrido turístico convencional. Es una lectura lenta de un país que ha aprendido a transformarse sin romper del todo con lo que fue. Un territorio donde la memoria no se exhibe: se practica. Y donde la fotografía se convierte en una herramienta privilegiada para observar lo que permanece cuando todo parece avanzar a gran velocidad.
Comprender Corea del Sur exige aceptar la coexistencia de tiempos distintos. En una misma jornada, la cámara puede pasar de los patios de un palacio de la dinastía Joseon a una biblioteca futurista suspendida en vertical; de un mercado donde las manos siguen cocinando como hace siglos a una estación de tren que parece salida de una novela de ciencia ficción.
Esta superposición no es casual. Corea ha vivido invasiones, guerras, divisiones y reconstrucciones aceleradas. El resultado es una cultura que ha aprendido a proteger su identidad sin inmovilizarla. Para el fotógrafo, este equilibrio es un terreno fértil: cada encuadre contiene tensión, contraste y continuidad.
Seúl: aprender a mirar entre dos mundos
El viaje comienza en Seúl, una ciudad que respira en dos direcciones. Al norte del río Han, el centro histórico conserva palacios, templos y barrios tradicionales donde la arquitectura sigue dialogando con el paisaje. Al sur, distritos como Gangnam o Seongsu-dong muestran el rostro más contemporáneo del país: diseño, consumo, velocidad y verticalidad.
Fotografiar Seúl implica entrenar la mirada para detectar esas transiciones. La ceremonia del cambio de guardia frente al palacio Gyeongbokgung no es solo un ritual: es una coreografía de color, simetría y memoria. Los hanok de Bukchon e Ikseon-dong hablan de intimidad y escala humana. Y, a pocos metros, el Dongdaemun Design Plaza recuerda que Corea también proyecta su identidad hacia el futuro.
La cámara aprende aquí a moverse entre lo ceremonial y lo cotidiano, entre el gesto heredado y la vida urbana contemporánea.
Suwon y Gangnam: de la defensa al escaparate global
La fortaleza de Hwaseong, en Suwon, resume una idea clave de la historia coreana: la defensa como forma de organización del territorio. Sus murallas no son solo estructuras militares, sino paisajes pensados para integrarse con la topografía.
De regreso a Seúl, el contraste es inmediato. Gangnam representa la Corea globalizada, consciente de su imagen y de su papel en el mundo. Sin embargo, incluso aquí, el templo Bongeunsa resiste entre rascacielos como un recordatorio silencioso de que lo espiritual no ha sido desplazado del todo. Fotografiar este diálogo —el templo rodeado de cristal y acero— permite entender mejor el carácter coreano: adaptación sin renuncia total.
Cheorwon: la frontera como paisaje interior
Pocos lugares condensan tanta carga simbólica como la frontera intercoreana. En Cheorwon, la historia reciente se vuelve visible sin necesidad de grandes discursos. Los túneles de infiltración, las estaciones abandonadas y los miradores hacia la Zona Desmilitarizada componen un paisaje donde el silencio pesa.
Aquí, la fotografía adopta un tono más contenido. No se trata de espectacularidad, sino de observar lo que queda: raíles oxidados, edificios vacíos, valles vigilados. La frontera no se presenta como un espectáculo político, sino como una herida aún abierta que forma parte del territorio y de la memoria colectiva.
Andong y Danyang: ética, paisaje y conocimiento
A medida que el viaje avanza hacia el interior del país, la narrativa cambia. En Danyang, las pasarelas panorámicas suspendidas sobre el vacío invitan a una fotografía más abierta, donde el paisaje se despliega como un texto geológico.
En Andong, en cambio, el foco se desplaza hacia la ética y el pensamiento. Las academias neoconfucianas, como Dosan Seowon, no fueron solo centros de estudio, sino espacios donde se definía una forma de estar en el mundo. Sus patios, puertas y muros de madera siguen transmitiendo una idea de disciplina, sobriedad y equilibrio.
Fotografiar estos lugares es un ejercicio de contención: líneas limpias, simetrías, silencios. Imágenes que no buscan imponerse, sino acompañar.
Gyeongju: cuando el pasado se convierte en paisaje
Gyeongju fue la capital del reino de Silla durante casi mil años. Hoy, más que un museo al aire libre, es un territorio donde la historia se ha integrado en la vida cotidiana. Templos, pagodas, observatorios astronómicos y aldeas tradicionales conviven sin vitrinas.
El templo Bulguksa y la gruta de Seokguram no impresionan por su tamaño, sino por su precisión simbólica. Cada escalón, cada estatua, cada linterna de piedra parece pensada para guiar la mirada hacia dentro. La fotografía aquí se vuelve casi meditativa, atenta a los detalles y a la relación entre arquitectura y entorno natural.
Busan: resiliencia frente al mar
Busan es una ciudad marcada por el desplazamiento y la reconstrucción. Durante la Guerra de Corea, fue refugio de miles de personas. Hoy, esa memoria se ha transformado en energía urbana.
La Aldea Cultural Gamcheon, con sus casas escalonadas y colores vivos, es un ejemplo de cómo la fotografía puede narrar procesos de regeneración sin ocultar el origen del lugar. Los mercados, el puerto, las playas y los templos junto al mar completan una ciudad donde el ritmo es distinto al de Seúl, más abierto y marítimo.
Aquí, la cámara alterna entre fotografía urbana, retrato ambiental y paisaje costero.
Jeju: la isla donde el tiempo se solidifica
El viaje culmina en Jeju, una isla volcánica que parece más antigua que el propio país. Aquí, el fuego dio forma a la tierra, y la tierra condicionó la cultura. Cráteres, columnas de basalto, cuevas y bosques centenarios construyen un escenario donde la naturaleza tiene un peso narrativo central.
Jeju también es el hogar de las haenyeo, mujeres buceadoras que se sumergen sin oxígeno siguiendo una tradición transmitida durante generaciones. Fotografiar su trabajo no es solo documentar una actividad, sino registrar una forma de relación con el mar basada en el conocimiento, la resistencia y la comunidad.
En Jeju, la fotografía de paisaje se combina con la observación humana y cultural. La cámara vuelve a lo esencial.
Un viaje pensado para aprender a observar
Este viaje fotográfico a Corea del Sur está diseñado para grupos muy reducidos, lo que permite una experiencia lenta y profunda. No se trata de acumular localizaciones, sino de comprender los lugares a través de la observación, el acompañamiento y el tiempo compartido.
A lo largo del recorrido, la fotografía no se entiende como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para pensar el territorio, la historia y la cultura. No importa el nivel técnico ni el equipo: lo esencial es la disposición a mirar con atención.
Corea del Sur como experiencia, no como destino
Viajar a Corea del Sur con una cámara entre las manos es aceptar una invitación a la complejidad. A entender que tradición y modernidad no son polos opuestos, sino capas que se influyen mutuamente. Que el silencio también forma parte del relato. Y que algunas culturas no se revelan de inmediato, sino que exigen tiempo, respeto y paciencia.
Este viaje no promete respuestas rápidas, sino preguntas bien formuladas. Y, en ese sentido, la fotografía se convierte en el lenguaje perfecto para acompañar el proceso.
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